12/5/13

No podíamos esperar a crecer.

Estaba harta de esta puta casa.
Mi madre gritando, mi hermana llorando y yo con una puta guerra en mi cabeza.
No aguantaba ni un segundo más. Tampoco tenía a quién llamar, nadie que se mantuviera firme cuando todo se tambaleaba.
Y les dije que me largaba a dar una vuelta en la bici.
A mi madre nunca le gustó que fuera en bici, porque decía que era peligroso que fueran sola, que pudiesen atropellarme y miles de cosas cuando la única persona peligrosa para mí era ella y me había destruido unas cuantas veces, así que ni me paré a escuchar el sermón, cogí las llaves y me largué.
Vale bien, una vez fuera de casa, ¿ahora qué?
¿A dónde voy?
Al parque de siempre.
Al de los 12 años, al que me largaba corriendo con el rímel corrido y con un caos en mente y corazón, a mi casa de los 13, dormí tantas veces en él. Me sentía más sola que nunca, y ese parque me acogió.
Sigue igual que siempre, pero ya no lo veo como el mismo, aunque queden lejos aquellos días perdidos todavía los siento respirar de noche sobre mi nuca.
Una vez allí bajé a dar una vuelta y llegué a un paseo al lado del río, estaba con los cascos al máximo, no me acuerdo ni de lo que sonaba en ese momento pero escuchaba las risas de los niños
Me sonaban tan lejos... Pero podía oírlas.
Esa felicidad, me resultó tan ajena...
Estaba muy cerca de ellos pero a la vez estaba a kilómetros.
¿Cuándo fue la última vez que me sentí así?
Sin ataduras, sin problemas, ni complicaciones, sin excusas, sin preocupaciones.
Libre.
No lo recuerdo. Eso si que fue hace tanto...
Por un momento los envidié.
Y quise volver a ese mismo instante en el que estaba jugando en el parque sin preocuparme por si él me estará siendo infiel, por si mi mejor amiga me estará criticando, por si mis padres estarán discutiendo, por si mañana tengo un examen final o por si no tendré la media que necesito para entrar a la carrera que quiero.
Por un momento quise volver a dónde todo empezaba.
Lo bien que vivíamos en aquel entonces.
Y no pudimos esperar a crecer.
Ojalá la infancia fuera eterna, pero no lo es, y crecimos, y nos convertimos en esto, en adolescentes con la mente rota y el corazón echo trizas, adolescentes perdidos y tristes pero con una sonrisa en la cara.
Y cada fin de semana, intentas buscar ayuda en substancias que acabarán contigo, pronto, demasiado pronto. Intentas buscar esa sensación de placer, intentas volar. Elevarte. ¿Dónde quedaron los hombros de papá? El sitio más alto de todo el mundo...
Todavía extraño nuestra inocencia.
Cuando el peor daño que te podías hacer a ti misma era caerte del columpio y llegar con las rodillas sangrando a casa, palabras como anorexia, bulimia y autolesión eran inimaginables.
¿Recuerdas cuando todo lo que necesitabas para sentirte bien era la aprobación de tus padres?
Cuando no fingías ser alguien que no eres para gustar a gente que no te importa. Que tu familia estuviese orgullosa de ti era tu mayor reto.
Cuando el peor insulto era que te echasen la lengua y nadie buscaba nada debajo de tu falda.
El madrugar para ver los dibujos, y no enganchar dos noches de fiesta.
Cuando papá te leía un cuento y no le ofrecías gemidos al primero que se colara en tu cama.
Pero sé ve que no pudimos esperar a crecer.
Tendremos que aprender a vivir con esto.
O morir en el intento.
Att: Carla♥


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