3/9/13

Todos somos adictos a algo que aleje el dolor. Autodestructivos a nuestra propia manera. Bien a recuerdos, bien a fingir falsas sonrisas, bien a la cuchilla, bien al alcohol, bien a dejarnos los nudillos en la pared si la soga aprieta.

Me siento como cuando tenía tres o cuatro años.
Era el primer día de clase y todos estaban dentro mientras yo seguía llorando en la puerta.
Entonces mis padres me dieron un empujón y me metieron dentro de la clase.
Así me siento ahora mismo, a mis 17 años.
Como si me hubieran empujado y me hubiesen obligado a entrar, (y lo que es peor), a formar parte de una vida que no es la mía.
Estoy desorientada, no sé que hacer, no encuentro la puerta, no sé como puedo salir, tampoco sé cual es mi mesa, ni dónde debo sentarme. Todos los que me rodean son extraños, no saben ni mi nombre.
Y lo único que siento es una constante urgencia de que todo esto acabe.
Hay quizás una pequeña diferencia.
Que mis padres no vendrán a las 12 y media a buscarme.
Que la profesora no me cogerá de la mano y me indicará mi sitio mientras ella se encarga de presentarme ante la clase.
Que estoy asustada y no puedo permitirme el llorar delante de extraños.
Entonces me seco las lágrimas que todavía no se atreven a salir y sonrío.
Sonrío como una extraña.
Con un vacío más grande que la seguridad que puedo llegar a emanar.
Sonrío, y sonreír a veces es más que una forma de llorar.
Una forma de destruirse quizás.
Att: Carla♥

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